En ritmos neoliberales las relaciones amorosas se consumen en sí mismas. Vínculos superfluos, temerosos, inconstantes, atravesados por una seducción histérica que sólo se detiene en las alambradas del otro, contempla y se marcha tras el rastro de un deseo que no cunde.
Seducción que no alcanza con ser esa muerte del objeto y su renacimiento como ilusión. Las histerias en varones y mujeres, indistintamente, improductivas, tediosas, displicentes. No hay adentro ni intimidad cálida sino merodeos aterrados por la ternura y el cuidado.
La cansina fluidez de los lazos liquidándose en amores eventuales, inconsistentes. Vaivenes en lo difuso de un presente que pretende ser fugacidad atrapada sin respetar la alteridad en sus esperas. Pareciera que se usa al otro para alimentar el narcisismo pero nunca para responsabilizarse de su estar expectante de la esperanza de ser correspondido. Impunidad de la histeria como moneda corriente.
El deseo se dispara en mercancías afectuosas, un valor de uso y de cambio, la algarabía de lo banal. Esa legalidad del mercado es el temor, el compromiso suspendido, la jugada retenida, los ambages y el refugio en uno mismo.
Todo se resume y se facilita pero desde afuera, en las distancias de las cápsulas virtuales que entibian los contactos humanos; no hay mordedura ni pasiones construídas sino alertas detrás de las ventanas del abismo individual.